Pedir ayuda es uno de esos actos que de niños hacemos con total naturalidad. Era parte de aprender, de crecer, de relacionarnos con el mundo. Sin embargo, con el tiempo fuimos recibiendo mensajes que nos enseñaron a poder solos, a no molestar, a aparentar que todo está bien.

Pedir ayuda no es señal de debilidad. Es reconocer que no tenemos que hacerlo todo solos para criar, educar y acompañar.

¿En qué momento aprendimos que pedir ayuda es molestar?

Esa pregunta tiene una respuesta que se construye poco a poco, con mensajes sutiles del entorno: las comparaciones, las redes sociales que nos muestran familias perfectas, la cultura que premia la autosuficiencia. Todo eso nos fue enseñando que pedir es sinónimo de no poder, de ser menos.

Y sin darnos cuenta, llevamos esa creencia a la crianza. Intentamos hacerlo todo solos. Cargamos más de lo que podemos. Y cuando el cansancio aparece, solemos culparnos a nosotros mismos antes de buscar apoyo.

De niños es natural

Pedimos ayuda sin vergüenza. Es parte de aprender y crecer.

Con el tiempo

Vamos recibiendo mensajes que nos enseñan a poder solos.

Las comparaciones

Las redes sociales nos hacen creer que debemos con todo.

Criamos solos

Pero estamos hechos para vivir en comunidad y apoyarnos.

Volver a pedir ayuda es un acto de amor

Acompañar no es hacer las cosas por ellos. Es caminar juntos para que puedan volar por sí mismos. Y para caminar juntos necesitamos estar bien. Necesitamos una red.

Pedir ayuda nos permite darles a nuestros hijos lo más importante: una crianza con red, con amor y con presencia. No se trata de ser padres perfectos, sino presentes, conscientes y dispuestos a pedir y recibir apoyo.

"Criar en comunidad también es cuidar nuestra salud emocional."

La próxima vez que sientas que no puedes más, recuerda que pedir ayuda no te hace menos madre, menos padre, menos cuidadora. Te hace humana. Y eso, precisamente eso, es lo que tus hijos más necesitan ver.